el sustantivo representa el "a" del sujeto. el objeto "a" como resto es algo que refiere al sujeto, como las plumas del ave.
asociaciónlibre
domingo, 14 de octubre de 2018
la creación
el reconociento del otro, el semejante, deseado y a la vez aniquilador, inmoviliza la creación y coagula el pensamiento, inmerso en el regocijo. Se contrapone a la emoción del logro, que es efímera, impalpable, que solo deja una huella, como un perfume.
miércoles, 4 de octubre de 2017
músico
En el salón de
ensayo no hay nadie
notas perdidas
abanican el aire
supo acaso que los
demás instrumentos
abandonaban sus
espacios
de a poco, con
armonía
Y se tapó los ojos
-como el gallito
ciego-
Suena un silencio
- que hiere más
que la mirada-
sus dedos, hacedores ahora
de una melodía muda
trituran las escalas
lunes, 2 de octubre de 2017
escritor
al atardecer se ve
crudo el vacío
magia luminosa
entonces algún
sujeto se inspira
y desgrana
verdades
-seguramente
alcohólicas-
las horas próximas
le deshilachan expectativas
-territorio
propicio para la queja o el vicio-
más allá de la
ventana
azafrán y gris
pintan su tormento
un Hamlet
extraviado
que renuncia a las redes
busca su pluma
todavía inquieta
desgarra papeles
una y otra vez
que encienden
diminutos habitantes
quizás fueran solo letras ávidas de renglón
quizás fueran solo letras ávidas de renglón
Esas, que dibujan
su dolor.
domingo, 16 de octubre de 2016
¿Sabés que es “flaneur”?
La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia...”
Para Benjamin, el flâneur conoce su fin con la llegada de la
sociedad de consumo. En estos textos, el flâneur
es a menudo yuxtapuesto a la figura del badaud, el "mirón" o "papanatas". Fournel escribe:
«El flâneur no debe confundirse con el badaud; hay un matiz.
(...) El flâneur puro se halla siempre en completo dominio de su
individualidad, mientras que la individualidad del badaud desaparece. Es
absorbida por el mundo exterior (...) que lo contamina hasta el punto de
olvidarse de sí mismo. Influido por el espectáculo que ofrece de su persona, el
badaud se convierte en un ser impersonal; ya no es un ser humano, es
parte del público, de la masa.
…ser al mismo tiempo "parte de" algo y estar "aparte
de" ese algo, entraña cuestiones sociológicas, antropológicas,
literarias e históricas que tienen que ver con la relación entre el individuo y
la población a la que pertenece.
La ciudad moderna fue el escenario que dio a luz a un nuevo
individuo, con una percepción diferente del tiempo y del espacio, de la
libertad y del bienestar:
Desde su óptica marxista, Benjamin concibió al flâneur
como un producto singular de la vida moderna y la Revolución
Industrial, trazando un paralelismo
con la figura contemporánea del turista, y describiéndolo como un burgués diletante, distanciado pero
enormemente sagaz. Benjamin llegó a convertirse él mismo en paradigma del flâneur,
haciendo numerosas observaciones sociales y estéticas durante sus largos y
gratos paseos por París.
La vocación del flâneur es la observación objetiva pero
estéticamente armoniosa, lo que ha favorecido su adopción en el campo de la
fotografía, especialmente en la fotografía callejera. El fotógrafo de la calle aparece así como una extensión moderna
del observador urbano descrito por Fournel a finales del XIX, antes de la
llegada de la cámara portátil:
La aplicación más notable del flâneur a la fotografía urbana
probablemente tenga su origen en el ensayo Sobre la fotografía (1977) de
Susan Sontag. En él se explica
que, gracias al desarrollo de las cámaras compactas en el siglo XX, la cámara
fotográfica se ha convertido en la herramienta por excelencia del flâneur:
El fotógrafo representa una versión armada del paseante solitario
que explora, que acecha, que cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista
que descubre la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos. Maestro en el
gozo de observar, avezado en la empatía, el flâneur encuentra el mundo
"pintoresco".
sábado, 2 de julio de 2016
Relato breve de Lidia Monserrat
La copa
Los brindis siempre me gustaron, quién sabe por
qué, y ahora que te hago este comentario me viene el recuerdo de un fin de año que
a mi papá, quien sabía disfrutar de las celebraciones, se le antojó y acepté
divertida, hacernos los millonarios y estrellar las copas contra el piso
después de brindar. Quizás, ahora se me ocurre, tenga relación con algo que me
sucedió hace mucho, y que recién cuando brindamos me dieron ganas de contarte.
Fue a fines de los setenta, a poco más de un
año de la muerte de mi padre, lo que ocurrió la noche de una fiesta familiar
absolutamente ajena para mí, aunque obviamente yo sabía que compartiría el
lenguaje común de cualquier celebración porteña, clase media. Podría decir que
esa paradoja, justamente, entre la cercanía y extrañeza que aquel festejo me
producía, fue la causa de lo sucedido. No es que crea que yo la provoqué, pero
sí que por un instante el universo me envió una señal, irremediable y me lanzó
al vacío.
Como en toda celebración circularon el alcohol
y la música, y a ese ritmo se fue articulando, como siempre, el humor de los
invitados hasta que se impuso el baile. Y bailé, un poco loca y aturdida,
integrada a la algarabía general. Entonces sucedió el primer indicio de aquella
noche embrujada.
Para nosotros, jóvenes de aquella época, el
tango nos era un” fuera de lugar”, conocido y desairado, en consecuencia, nadie
de mis pares sabía bailarlo. Así de forma cómica salimos igual a intentarlo, yo
marcaba inútilmente el paso, para que mi compañero enganchara el dos por cuatro
y me reía.
En esos vericuetos andábamos cuando un padre
me vio lidiando, se acercó y dijo canchero a mi partenaire “déjame a mí, ella
sabe”. Así me dejé llevar dócil como tantas veces por vos y mientras el tango
era honrado una vez más, a mí se me congelaba la sonrisa en una mueca que
todavía hoy siento, tratando de esquivar los recuerdos que como una bandada de
pájaros se arremolinaban en mi cabeza: aquellas nuestras fiestas y nuestro
ritual del tango que vos que me habías enseñado y repetíamos en cada ocasión,
orgullosos.
El baile siguió, por supuesto otros temas
sonaron.
Más tarde vino el champagne para el brindis,
la música fue atenuándose para dar paso al levantar de copas en el unísono deseo
de felicidad al cumpleañero. Entonces, de súbito y frente al asombro de todos,
la copa que mi mano elevaba estalló en miles de cristalitos, derramando el
líquido ámbar, ahora pienso como lágrimas. Otra vez todas las miradas se
posaron sobre mí, ya no por mi destreza con el tango, sino porque una misteriosa
energía, evidentemente mía, se había manifestado.
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