La copa
Los brindis siempre me gustaron, quién sabe por
qué, y ahora que te hago este comentario me viene el recuerdo de un fin de año que
a mi papá, quien sabía disfrutar de las celebraciones, se le antojó y acepté
divertida, hacernos los millonarios y estrellar las copas contra el piso
después de brindar. Quizás, ahora se me ocurre, tenga relación con algo que me
sucedió hace mucho, y que recién cuando brindamos me dieron ganas de contarte.
Fue a fines de los setenta, a poco más de un
año de la muerte de mi padre, lo que ocurrió la noche de una fiesta familiar
absolutamente ajena para mí, aunque obviamente yo sabía que compartiría el
lenguaje común de cualquier celebración porteña, clase media. Podría decir que
esa paradoja, justamente, entre la cercanía y extrañeza que aquel festejo me
producía, fue la causa de lo sucedido. No es que crea que yo la provoqué, pero
sí que por un instante el universo me envió una señal, irremediable y me lanzó
al vacío.
Como en toda celebración circularon el alcohol
y la música, y a ese ritmo se fue articulando, como siempre, el humor de los
invitados hasta que se impuso el baile. Y bailé, un poco loca y aturdida,
integrada a la algarabía general. Entonces sucedió el primer indicio de aquella
noche embrujada.
Para nosotros, jóvenes de aquella época, el
tango nos era un” fuera de lugar”, conocido y desairado, en consecuencia, nadie
de mis pares sabía bailarlo. Así de forma cómica salimos igual a intentarlo, yo
marcaba inútilmente el paso, para que mi compañero enganchara el dos por cuatro
y me reía.
En esos vericuetos andábamos cuando un padre
me vio lidiando, se acercó y dijo canchero a mi partenaire “déjame a mí, ella
sabe”. Así me dejé llevar dócil como tantas veces por vos y mientras el tango
era honrado una vez más, a mí se me congelaba la sonrisa en una mueca que
todavía hoy siento, tratando de esquivar los recuerdos que como una bandada de
pájaros se arremolinaban en mi cabeza: aquellas nuestras fiestas y nuestro
ritual del tango que vos que me habías enseñado y repetíamos en cada ocasión,
orgullosos.
El baile siguió, por supuesto otros temas
sonaron.
Más tarde vino el champagne para el brindis,
la música fue atenuándose para dar paso al levantar de copas en el unísono deseo
de felicidad al cumpleañero. Entonces, de súbito y frente al asombro de todos,
la copa que mi mano elevaba estalló en miles de cristalitos, derramando el
líquido ámbar, ahora pienso como lágrimas. Otra vez todas las miradas se
posaron sobre mí, ya no por mi destreza con el tango, sino porque una misteriosa
energía, evidentemente mía, se había manifestado.
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