sábado, 2 de julio de 2016

Relato breve de Lidia Monserrat


La copa

Los brindis siempre me gustaron, quién sabe por qué, y ahora que te hago este comentario me viene el recuerdo de un fin de año que a mi papá, quien sabía disfrutar de las celebraciones, se le antojó y acepté divertida, hacernos los millonarios y estrellar las copas contra el piso después de brindar. Quizás, ahora se me ocurre, tenga relación con algo que me sucedió hace mucho, y que recién cuando brindamos me dieron ganas de contarte.
Fue a fines de los setenta, a poco más de un año de la muerte de mi padre, lo que ocurrió la noche de una fiesta familiar absolutamente ajena para mí, aunque obviamente yo sabía que compartiría el lenguaje común de cualquier celebración porteña, clase media. Podría decir que esa paradoja, justamente, entre la cercanía y extrañeza que aquel festejo me producía, fue la causa de lo sucedido. No es que crea que yo la provoqué, pero sí que por un instante el universo me envió una señal, irremediable y me lanzó al vacío.
Como en toda celebración circularon el alcohol y la música, y a ese ritmo se fue articulando, como siempre, el humor de los invitados hasta que se impuso el baile. Y bailé, un poco loca y aturdida, integrada a la algarabía general. Entonces sucedió el primer indicio de aquella noche embrujada.
Para nosotros, jóvenes de aquella época, el tango nos era un” fuera de lugar”, conocido y desairado, en consecuencia, nadie de mis pares sabía bailarlo. Así de forma cómica salimos igual a intentarlo, yo marcaba inútilmente el paso, para que mi compañero enganchara el dos por cuatro y me reía.
En esos vericuetos andábamos cuando un padre me vio lidiando, se acercó y dijo canchero a mi partenaire “déjame a mí, ella sabe”. Así me dejé llevar dócil como tantas veces por vos y mientras el tango era honrado una vez más, a mí se me congelaba la sonrisa en una mueca que todavía hoy siento, tratando de esquivar los recuerdos que como una bandada de pájaros se arremolinaban en mi cabeza: aquellas nuestras fiestas y nuestro ritual del tango que vos que me habías enseñado y repetíamos en cada ocasión, orgullosos.
El baile siguió, por supuesto otros temas sonaron.
Más tarde vino el champagne para el brindis, la música fue atenuándose para dar paso al levantar de copas en el unísono deseo de felicidad al cumpleañero. Entonces, de súbito y frente al asombro de todos, la copa que mi mano elevaba estalló en miles de cristalitos, derramando el líquido ámbar, ahora pienso como lágrimas. Otra vez todas las miradas se posaron sobre mí, ya no por mi destreza con el tango, sino porque una misteriosa energía, evidentemente mía, se había manifestado.

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